Muy queridos hermanos y hermanas:
Han pasado unos meses desde que se inició en la Iglesia el Año Jubilar. El 24 de diciembre pasado el Papa Francisco abrió la Puerta Santa en Roma y nos invitó a todos los cristianos católicos, a caminar durante este año como Peregrinos de la Esperanza.
La Iglesia fiel a las enseñanzas de las Sagradas Escrituras invita a los creyentes cada 25 años a vivir un tiempo especial de gracia, para que confiados en la Palabra del Señor podamos recomenzar; el Señor es capaz de hacer nuevas todas las cosas, y nosotros como seres humanos que creemos, vivimos la esperanza como una virtud que nos anima y consuela en el camino de la vida. En el libro del Levítico, el Señor anima a su pueblo a que cada 50 años, se pueda vivir un año de liberación, de condonación de deudas, de descanso de la tierra, de reencuentro de los hermanos, en definitiva, un volver a comenzar. La Iglesia, como buena madre, nos invita a vivir esto cada 25 años, para que, en más de una ocasión a lo largo de nuestra existencia podamos celebrar este tiempo de gracia y bendición.
En los tiempos que vivimos, en ocasiones de mucha zozobra, necesitamos pedir al Señor que reavive la esperanza que Él mismo coloca en nuestras almas desde el bautismo. Hemos de ser hombres y mujeres que animados por la esperanza caminamos con seguridad y no nos dejamos aplastar por las dificultades que siempre acecharan en nuestro camino. Nuestra esperanza no es una vana ilusión, sino que se basa en la certeza de un Dios que nos ama y que en Cristo muerto y resucitado nos ha mostrado lo que valemos a sus ojos.
Esperanza y oración
El apóstol Pablo nos invita a “alegrarnos en la esperanza, a ser pacientes en la tribulación y perseverantes en la oración”. La esperanza en nosotros no ha de ser algo pasivo, sino que, al contrario, ha de ser tremendamente activa. Sí, necesitamos que “sobreabunde la esperanza” para testimoniar de manera creíble y atrayente la fe y el amor que llevamos en el corazón; para que la fe sea gozosa y la caridad entusiasta; para que cada uno sea capaz de dar, aunque sea una sonrisa, un gesto de amistad, una mirada fraterna, una escucha sincera, un servicio gratuito, sabiendo que, en el Espíritu de Jesús, esto puede convertirse en una semilla fecunda de esperanza para quien lo recibe.
Nosotros cristianos, hemos de vivir la esperanza no sólo con la confianza de que los tiempos y las cosas podrán ser mejores, sino que hemos de vivirla en primera persona y esto lo hace posible la gracia de Dios que actúa en cada una de nuestras vidas.
Reconciliación sacramental
Todos los que nos decimos cristianos, tratamos de ser buenas personas, con todo, nos damos cuenta de nuestros errores y caídas, pues somos pecadores. El Jubileo nos invita a levantar la mirada, porque Dios nos perdona, Dios cree en nosotros y espera mucho de cada uno y Él mismo se acerca con la gracia de la salvación de la indulgencia que nos ha regalado por el misterio la muerte y resurrección de Jesús. Por todo esto es que, en este año, se nos invita a volver confiadamente al sacramento de la penitencia o confesión, a experimentar la misericordia de Dios y a recibir el don de la indulgencia
No sin razón en la antigüedad el término “misericordia” era intercambiable con el de “indulgencia”, precisamente, porque pretende expresar la plenitud del perdón de Dios, que no conoce límites.
El sacramento de la Penitencia nos asegura que Dios quita nuestros pecados. Resuenan con su carga de consuelo las palabras del Salmo: «Él perdona todas tus culpas y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura. […] El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; […] no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas. Cuanto se alza el cielo sobre la tierra, así de inmenso es su amor por los que lo temen; cuanto dista el oriente del occidente, así aparta de nosotros nuestros pecados». La Reconciliación sacramental no es sólo una hermosa oportunidad espiritual, sino que representa un paso decisivo, esencial e irrenunciable para el camino de fe de cada uno. En ella permitimos que Señor destruya nuestros pecados, que sane nuestros corazones, que nos levante y nos abrace, que nos muestre su rostro tierno y compasivo. No hay mejor manera de conocer a Dios que dejándonos reconciliar con Él, experimentando su perdón. Por eso, no renunciemos a la confesión, sino que redescubramos la belleza del sacramento de la sanación y la alegría, la belleza del perdón de los pecados.
Sin embargo, como sabemos por nuestra experiencia personal, el pecado “deja huella”, lleva consigo unas consecuencias; no sólo exteriores, en cuanto consecuencias del mal cometido, sino también interiores, en cuanto «todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que es necesario purificar, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio». Por lo tanto, en nuestra humanidad débil y atraída por el mal, permanecen los “efectos residuales del pecado”. Estos son removidos por la indulgencia, siempre por la gracia de Cristo.
En este Año Jubilar, peregrinemos de manera personal, como familia, como comunidades parroquiales a los distintos santuarios jubilares y ganemos la indulgencia, para esto: propongámonos peregrinar, participemos de la Misa, confesémonos comulguemos, recemos por las intenciones del Papa León y confiados en el amor fiel de Dios, volvamos a comenzar con renovada esperanza.
Vivamos con esperanza, fe y amor este Año Jubilar y del Centenario de nuestra diócesis manifestándolo en nuestras obras.
Dios les bendiga
+Guillermo Vera Soto
Obispado de Rancagua